Lunes, 16 Ene 2006 a las 01:28
Javier  Ferrer-Bonsoms
Tiempo de pensar
Indagando en el sentimiento del nacionalismo catalán

A partir de principios del siglo XVIII Cataluña experimentó un progreso intenso de industrialización y modernización, llegando casi a triplicar su población en tan sólo ochenta años. El mismo proceso tuvo lugar en muchos otros lugares de Europa, en realidad en la mayoría de ellos, quedando fuera de él Portugal, el sur de Italia, Rusia y la España que no es Cataluña. En el siglo XIX este proceso siguió con igual o incluso mayor intensidad, y aquellas zonas que habían quedado al margen como Rusia y la España que no es Cataluña empezaron también a progresar.

Esto es un hecho histórico interesante.

En primer lugar significa que Cataluña ha seguido el mismo ritmo que la mayor parte de Europa Occidental y diferente al del resto de España. Y esto, ¿por qué?

A veces se ha dicho que la causa del despegue económico de Cataluña a principios de 1700 estaba en el Decreto de Nueva Planta que abría las fronteras de Cataluña haciendo más fácil el comercio. Esta causa no se sostiene por sí sola. Otras regiones de España también abrieron sus fronteras en aquel momento y no experimentaron ningún impulso económico especial. Además, algunos sitios de Europa como Dinamarca también experimentaron este impulso y su comercio exterior era igual de bajo que antes. En realidad, las causas del increíble despegue económico de Europa en el siglo XVIII no están nada claras. La revolución industrial es una de ellas pero no es la única, ni mucho menos. Hace poco he leído en un libro de historia que la causa de tal expansión económica estuvo en la agricultura.

En cualquier caso, queda en evidencia que la evolución económica tiene causas complejas que van más allá de la política. Este fenómeno del despegue económico del siglo XVIII nos sugiere, en realidad, que Cataluña es un pueblo con una estructura social, económica y cultural diferente al resto de España y con rasgos parecidos al de otros pueblos de Europa Occidental como Francia o el norte de Italia.

Ahora bien: el hecho de pertenecer a España no ha impedido que Cataluña siguiera a su ritmo. Dicho de otra forma, parece que dos pueblos pueden convivir tranquilamente en el mismo país, al menos desde el punto de vista económico. El nacionalismo político en Cataluña toma cuerpo, tal y como lo entendemos ahora, en el siglo XIX y está fuertemente vinculado al movimiento romántico. La raíz del nacionalismo, su primer motor, es el romanticismo y no reivindicaciones de un nuevo orden administrativo o político. El mismo Jordi Pujol dijo una vez que el catalanismo era una cuestión de sentimientos.

¿Y cómo es que el nacionalismo catalán persiste tanto en el tiempo? ¿Acaso no se ha extinguido ya el romanticismo como fenómeno cultural hace ya muchos años? ¿Qué es lo que alimenta el nacionalismo? ¿Por qué los catalanes tienen tanta conciencia de que son diferentes al resto de los españoles, y por qué lo recuerdan tanto? ¿Y por qué al resto de los españoles les parece un capricho y un desvarío la actitud de los catalanes? ¿Cuál es la verdadera causa de que la relación entre Cataluña y España sea tan conflictiva?

La verdadera causa es psicológica. Es la diferencia de carácter y de sentido del humor lo que, a mi modo de ver, está en el centro de la controversia. Basta dar un paseo por la calle y preguntar una dirección a algún peatón para darse cuenta de esta diferencia. En cualquier ciudad de España (a excepción de Madrid, quizá, porque es muy grande) el peatón que es preguntado entabla una relación, aunque sea muy efímera, con el que pregunta: tal vez se ofrece a acompañarle, o quizá le pregunte cosas como que para qué quiere ir a aquel lugar, o tal vez le diga que con esta lluvia se va a mojar mucho. En Cataluña, sin embargo, el que es preguntado suele responder con precisión y amabilidad sólo lo que le preguntan y ahí se terminó todo.

Así, a los españoles los catalanes les resultan distantes como si no quisieran saber nada con ellos. Lo que no saben es que los catalanes contestan así a cualquiera, también si es catalán el que pregunta. Inversamente, a los catalanes los españoles les parecen de una amabilidad un tanto irritante o inoportuna que se toman demasiadas confianzas.




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