Cuando Hitler se dirigía a la audiencia alemana, no importaba tanto lo que decía sino como lo decía, y bajo un estigma repetido mil veces, “el pueblo creerá con más facilidad una gran mentira que una pequeña; si uno se la repite con bastante frecuencia", a sus discursos los caracterizó esquemas como el de “jamás admitir un fallo o un error, no reconocer que puede haber algo bueno en el enemigo, no dejar lugar a alternativas, nunca aceptar culpas, concentrarse en un enemigo de cada vez y culparlo de que todo anda mal…”

Basta analizar esta concepción de Hitler sobre la naturaleza secreta de las masas, tal y como puede leerse en su libro "Mi lucha" (Mein Kampf), para asumir con toda crudeza, una realidad atrapada por la nueva forma de radicalismo que lejos de lo político se nutre del resentimiento y el odio, sembrándose en las personas a fuerza de la mentira, de generar confusión para llevarla a grados insospechados de deshumanización.

Esa que estamos viviendo, cuando el mundo se debate en una crispación exaltada por toda suerte de ataques a lo establecido, en países dominados por tiranías o en grave amenaza, y que en las democracias genera desestabilización, caldo de cultivo de estos líderes fanáticos distorsionados.

Esta mezcla conjugada en eje del mal cargada de comunismo, socialismo, de populismo demagógico empobrecedor y la malignidad del fundamentalismo islámico, con su Jihad y alaridos del “Allah, allah”, de formato Al-Qaeda, hasta con pretensiones nucleares, y terror psicológico, es lo que se llama fascismo puro.

Por ello el marcado resentimiento a los valores naturales de la esencia del ser humano aspirante a la convivencia, que se nutre de la moral, de sus principios religiosos en el buen uso de sus dogmas, defensor del derecho a la vida, el derecho a las oportunidades para lograr prosperidad, del derecho a las libertades.

Resultándonos inadmisible, que ante esta infame influencia, los sistemas estables comienzan a lucir impopulares y el sentimiento especialmente, antisemita o anti Estados Unidos cobra mayor fuerza. Sin ir muy lejos y si algo es notoriedad en el mundo por ejemplo, es la reiterada patética confrontación del mandatario venezolano, Hugo Chávez, con sus homólogos y líderes promotores de gobiernos legítimamente constituidos, así como su odio manifiesto, no a Bush, aunque le haya llamado el Diablo”. No es a Bush, pudo haberse tratado de cualquier presidente norteamericano, pues el asunto es USA, lo que para él es, “imperialismo” a vencer, pero a cambio de otro, liderado por el odio y la aniquilación del adversario.

Es decir, barrerlo del mapa, de la misma manera que lo pretende su hermano Ahmadinejad con Israel. Y que sepamos en los EEUU o Israel, o en las naciones donde prevalece el Estado de Derecho funcionan las instituciones, existen los tribunales para impartir justicia, y ni se lapida ni se mutila a la disidencia, ni las mujeres son degradadas.

¿Qué ha pasado en Cuba? ¿O que está pasando en Bolivia, en Ecuador, en Argentina, en Nicaragua, en España, en Venezuela? Por nombrar algunos países. Y sus mandatarios asumieron el poder, con gran popularidad como en el caso cubano o a través del voto popular, de la misma manera que Hitler.

“Concentrarse en un enemigo de cada vez y culparlo de que todo anda mal”, de entre los estigmas de su libro, de ahí el cliché del hegemónico fanatismo imperante a la hora de endosar los males al capitalismo, al liberalismo, a la globalización, a la libertad, la democracia, a la iglesia, a los judíos, ya de pronto se hará de la misma CIA, la culpable de la pobreza en Latinoamérica.

Preciso entender entonces la amenaza que asecha a naciones ricas, por decir civilizadas, a las de tradiciones respetuosos de las libertades, que se están quedando solas en el mundo. Con ellas los líderes mundiales emergentes. Vencer esta perversidad que pretende imponerse en el orden de cosas, es el difícil reto.

Así como tiene que serlo para los ciudadanos, para no dejarse arrastrar ni por la sumisión ni los bajos niveles de conciencia en una marcada generalización, porque en definitiva, lo que pudiera venir es contra nosotros mismos, quienes nos decimos demócratas.

Estamos en peligro, en un grado tal retrógrado, de la misma manera que la gente cuando tuvo que jugarse la vida para escapar del Holocausto o de la Alemania Oriental.


Martha Colmenares
Caracas, marzo 28 del 2007
marthaccolmenares@yahoo.com