El pasado fin de semana, enfrascado en una tertulia nocturna con dos buenos amigos, entre tragos que refrescaban la sequedad de nuestras gorjas al debatir sobre la deriva del barco desarbolado que ahora es España, uno de ellos me comentó que mi crítica no parecía ya tan suave, ni tan medida como lo era antes hacia el PSOE; que ahora la crítica era más agresiva. Mi respuesta fue directa y fácilmente comprensible: «La situación en la que ha encallado España es una lacra que hay que reparar urgentemente, generada única y exclusivamente por la política de un Gobierno que se está convirtiendo en un lastre, y ante la que la Oposición no puede hacer nada. Por ello, creo que ya se me acabaron los votos de confianza para estos señores que sólo piensan en permanecer en el poder, pese a quien pese». Creo que el reparto de votos de confianza hasta la llegada de la última gota que haga desbordar el vaso es una actitud que permite ir variando la postura sin perder la coherencia. Y por ello, una crítica más agresiva en el momento adecuado responde a dicha coherencia.
No soy de los que piensan que la coherencia se basa en mantener siempre las mismas posturas con respecto a todo. En lo fundamental sí, como no puede ser de otra manera. Pero no soy partidario de aferrarse a lo que hace y dice un partido, pues el deber del ciudadano realmente demócrata es elegir al que mejor va a gobernar el país, y no a repartir patentes de corso defendiendo siempre a un mismo partido, haga lo que haga, ya que nos conduciría al más absoluto desgobierno.
Quien haya seguido mis artículos y opiniones sabrá con certeza que nunca negué a nadie un voto de confianza. En particular, critiqué a nuestro actual Gobierno en las decisiones que, a mi juicio, creía erróneas, o con las que no estaba de acuerdo por principios, pero siempre presupuse buena intención, o lo achaqué a diferencias ideológicas discutibles. Pero también sabrá que he ido evolucionado en las formas de la crítica, y ha sido intencionadamente.
He criticado con mesura –cosa que me ha costado incomprensión, y hasta descalificaciones, por parte de quien ejercía una oposición más radical– muchos de los desmanes de este Gobierno. Sin embargo, lo que siempre he dicho que es un tremendo error, algo inaceptable en una sociedad democrática, es la política antiterrorista que llevamos ya unos años padeciendo. Y ahora, aunque siempre he criticado con dureza ese asunto, creo que nos acercamos hacia el punto de no retorno. El punto en el que se exige la dura crítica que llamó la atención de mi amigo.
Siempre se apreció una clara trayectoria hacia la que se dirigía Rodríguez Zapatero y sus secuaces, un trato de favor hacia la banda terrorista ETA con la intención –creo yo– de convencer con bajo precio al etarra para que deponga las armas. El etarra, siempre hay que recordarlo que arriesga su libertad por la independencia de una Euskal Herria unida en régimen totalitario, alcanzado con pistolas y bombas en lugar de con votos. Nunca supe qué es lo que Zapatero tenía en mente para convencerles, pero, además de que pongo en duda que un etarra vaya a dejar su arriesgada campaña a cambio de ser concejal de una HB arrepentida en un pueblo, siempre presenté dura batalla ante cualquier cesión por una cuestión de principios: si se permite que en una democracia se consiga algo empuñando una pistola, no sólo la democracia habrá perdido su esencia, sino que habrá sentado precedente para continuar haciéndolo, habrá alimentado a todo aquél que considere la violencia como un medio para lograr objetivos políticos y habrá mercadeado con las libertades de una sociedad que no merece tales tijeretazos.
A las claras cesiones que hasta ahora habíamos contemplado, como la fulminación de Fungairiño; la negativa a la investigación de las pruebas que relacionaban al PCTV con ETA, y, por tanto, la entrada de ETA en el Parlamento Vasco; la internacionalización del conflicto vasco en Estrasburgo; y una interminable lista de cesiones traslúcidas en las que ETA lleva las riendas y los tiempos –todas cubiertas por delicadas palabras de la neolengua zapateril, vacuas, confusas, desprovistas de significado, y afiladas como un cuchillo–, ahora se añade la más flagrante: el envío al repulsivo De Juana Chaos a su cálido hogar.
Cuando vi en la televisión la ambulancia que llevaba a De Juana al País Vasco el estómago me dio un vuelco. Era la culminación de un chantaje presentado al Gobierno por el sanguinario etarra a dieta –ahora sabemos que los informes médicos no decían que su vida corriese peligro–, en el que se pasó de pedir casi cien años por pertenencia a banda armada, amenazas terroristas y enaltecimiento del terrorismo; y que acabó en tres años por enaltecimiento y por amenazas no terroristas.
–¿Amenazas no terroristas a De Juana, el héroe de la plaza de la República Dominicana?–, pensé mientras veía las imágenes. Y lo peor fue contemplar que, cuando el Gobierno tenía en su mano el destino del insigne etarra, no tardó ni una semana en salir de prisión, en lugar de cumplir hasta el último segundo de su pena. Que, aunque muchos no caigan en la cuenta, era una decisión tremendamente legal, la más legítima, y la única decente.
El Gobierno ahora trata de llenar la habitación de humo, pretende sembrar la confusión por no saber o no poder explicar qué le llevó a escoger tan lamentable opción. Su principal argumento es que el Gobierno de Aznar cedió constantemente, incluidos el secuestro de Ortega Lara y el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Nada que se pueda creer la gente, está claro, pero una tarea muy ágil de desviar la atención fuera de la podredumbre que expide la Moncloa.
No sabemos qué es lo que lleva al Gobierno a tomar estas decisiones, no sabemos que es lo que puso ETA sobre la mesa para no dejarle otra salida. Es probable que hubieran amenazado con engrosar la lista de muertos, o que algún secreto inconfesable de nuestro Presidente hubiera salido a la luz. Puede que la ETA tenga al Gobierno cogido por los vagones. Sólo ellos lo saben. Pero saben que así no se terminará con la lacra del terrorismo etarra. Mi humilde opinión es que, ya que hace por lo menos un año que no les queda programa, lo único que les queda es la negociación con ETA –política que se contradice con su programa electoral–, ya no a cambio de su disolución, sino a cambio de prórrogas cada vez más caras, y así llegar a las elecciones con unas estadísticas tramposas.
Ya no valen los disfraces de vacía paz. No es posible alcanzar la paz cediendo, es una contradicción de términos; la paz de los cementerios supone el fin de la democracia. Es lo que busca ETA-Batasuna, y lo que se pide, cada vez con más fuerza, desde que copan las portadas de los periódicos y protagonizan los debates políticos. Es lo que siempre ha buscado. Ahora es cada vez más difícil combatir el terrorismo de ETA. Ha logrado un poder de influencia jamás visto, en estos momentos es capaz de decidir las elecciones. Por ello creo una obligación, en ejercicio de la coherencia que al principio explicaba, salir a la calle en señal de protesta por esta política que ya me cuesta llamar antiterrorista.
Hay que protestar porque la paz que queremos es la de la Libertad, la Justicia y la Democracia, no esa paz dramática que quiere ETA-Batasuna, en la que no hay bombas si les concedes lo que van exigiendo. No esa paz dramática, empapada de sangre, a la que Rodríguez Zapatero se refiere, sin quererlo, cuando en su cavidad bucal retumba la palabra Pazzzzz. Y es que, desesperadamente, mientras pronuncia esas tres letras tan repetidas que ya carecen de significado, trata de agarrarse de la brocha cuando ya se le ha caído la escalera.
miércoles, 7 mar 2007 a las 00:53
Ignacio Moncada
La soga al cuello
Una paz dramática
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