Una vez, antes de que se rompiera la amistad que los unió durante 25 años, San Jerónimo le escribió a Rufino: “Una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera.”

Unos años antes, en octubre de 374, San Jerónimo había pasado un lustro en la soledad del desierto del Calquis. En una carta a Santa Eustaquio le cuenta sus penalidades:

“En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto, quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas.”

Precisamente fue Roma la que no le perdonó la claridad con la que denunciaba el lujo y el comportamiento de nobles y plebeyos. Su nombre fue difamado y ridiculizado. En el año 385 se marchó para siempre a Tierra Santa. En Belén creó una escuela gratuita para niños y un hospedaje.

“Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que reciben sus diarias visitas.”

San Jerónimo murió en el año 420. Unos años antes, tras el saqueo de Roma por Alarico, nos escribe esto, más vigente cada día en esta España entregada:

“¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del África? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria?”

Tenemos en España a un Zapatero. Tenemos desde un 11 de marzo a un Alarico empeñado en cambiarnos para siempre. Tenemos a los latifundistas romanos que se enriquecen con esclavos. Y sabemos que lo barato sale caro. También tenemos una amistad, España, que nos quieren hacer creer que va a morir como si no hubiera existido nunca. Ahora, más que nunca, son necesarios ciudadanos que llamen a las cosas por su nombre, que no tengan miedo en señalar a quienes no cumplen con lo prometido; que no le teman a destacar por encima de la manada. Ciudadanos que exijan justicia, derechos, deberes. Se nos acaba el tiempo y ya no habrá otro partido. No con las reglas que conocimos.

¿Dónde están nuestros San Jerónimos?