Libre Albedrío Amor a la Sabiduría
No hace mucho tiempo, me contaron que una familia viajaba en coche de Madrid a Alicante para pasar unos días de vacaciones. Uno de los hijos, a medio camino, preguntó cuándo pasarían por Santander. Ante la sorpresa de sus padres, el chico, que tenía catorce años, preguntó extrañado si para ir a Alicante desde Madrid no había que pasar por Santander. Los padres de la criatura intentaron tomarlo como una broma, no era cuestión de amargarse las vacaciones, pero no lo era, en absoluto. El chico estaba perfectamente escolarizado, asistía al curso que por su edad le correspondía y hasta “sacaba buenas notas”.
He sabido también de otro caso curioso. Una niña de 6º curso de Educación Primaria contaba muy contenta en su casa que estaban estudiando las Comunidades Autónomas en la disciplina que ahora se llama “Conocimiento del Medio”. Los padres, ilusionados, le pidieron que las enumerara. La niña, sorprendida, dijo que no se estudia así. En clase eran diecisiete niños y cada uno estudia una Comunidad Autónoma. Así se reparten el trabajo. Ella dijo: “A mí me ha tocado ser Aragón, así que preguntadme lo que queráis de Aragón, que me lo sé todo”.
Hace unos cuantos años, viví una serie de rituales que ahora se me antojan un lujo, un privilegio. Recuerdo, por ejemplo, el día que mi abuelo me regaló mi primer reloj. Era de niña. La caja era pequeñita, de oro, y la pulsera de color azul cielo. Había llegado el momento de aprender una cosa más: a leer la hora con él. Mi padre me sentó sobre sus rodillas, dibujó varias esferas sobre unos papeles en blanco y me enseñó el misterio de la aguja corta, la de las horas, y la larga, la de los minutos. Para una mejor comprensión del fenómeno, puso sobre la mesa un globo terráqueo que giraba sobre su propio eje, y así, con paciencia infinita, me explicó el movimiento de rotación de la tierra, el porqué de la división ideal en meridianos o husos horarios y todo lo que una niña de seis años es capaz de aprender sobre los fenómenos relacionados con nuestro planeta y el transcurrir del tiempo. Aprendí incluso los rudimentos del sistema de coordenadas. Cuando hube comprendido todo, pude tomar posesión de mi reloj y responderle muy orgullosa a mi padre cuando me preguntó a modo de prueba por la hora: “son las seis y cuarto”.
Esto es sólo una anécdota. Los rituales, maravillosos rituales, empezaban por la lectura. Una vez demostrada la capacidad para leer cuentos, el primer libro “serio” de lectura obligada era Corazón, de Edmundo D’Amici, seguido de Mujercitas, de Louise May Alcott, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain y, llegado el momento, aquello pasaba a mayores; había que adentrarse en la literatura clásica. En el Siglo de Oro español nos iniciaban con las Novelas Ejemplares, de Miguel de Cervantes, todas y cada una de ellas. Una delicia. Algo de Shakespeare, en mi caso El Mercader de Venecia fue la primera obra. También, cómo no, la literatura romántica y decimonónica en general: El Conde de Montecristo, de Dumas, Oliver Twist, de Charles Dickens, Julio Verne, Robert Louis Stevenson… son pequeños botones de muestra. Esta iniciación a la literatura se producía a la edad de cinco, seis, siete y ocho años.
Pero no tenía nada de particular. Para los padres era relativamente fácil, puesto que estaban apoyados por un sistema educativo cuya finalidad última era la formación de los alumnos. Los niños de la época conocíamos el mapa de España mejor que la palma de nuestra mano. Y, por supuesto, estudiábamos Historia de España, auténtica Historia de España, por un lado, e Historia Universal por otro. Las faltas de ortografía eran una anécdota, se erradicaban desde los primeros cursos. El saber estaba incentivado. La motivación inmediata eran las calificaciones, no cabe duda, y, una vez superado este primer incentivo, casi sin darse uno cuenta, los conocimientos adquiridos iban retroalimentado el esfuerzo que podía acabar convirtiéndose en un placer.
Nunca olvidaré mi primera clase de filosofía en el colegio. Lo primero que hizo la profesora fue explicarnos el significado etimológico del término. Filosofía: Amor a la Sabiduría. Así empezó mi andadura, nuestra andadura, por ese camino que recorrimos partiendo de los rudimentos más básicos del conocimiento para llegar al estudio de la lógica, la metafísica y a cada uno de los autores que han contribuido con su pensamiento a la construcción del saber humano: Sócrates, Kant, Platón, Hegel, Aristóteles, Descartes, Tomás de Aquino, Guillermo de Occam, Shopenhauer…
¿Qué ha ocurrido?
El sueño de todo padre es que su hijo tenga acceso mejorado a la formación, que los conocimientos y la ilustración le proporcionen los mejores recursos para poder desenvolverse con cierta seguridad durante la edad adulta.
Históricamente, ese sueño legítimo se ha venido cumpliendo en España, al menos desde la perspectiva global de cada una de las generaciones, que siempre ha superado a la anterior en formación. Y, cuanto mayor es el periodo de observación, más nítidamente se observa la mejoría. Todavía durante el pasado siglo XX había un importante porcentaje de analfabetos funcionales e, incluso, de analfabetos que consiguieron ser la última generación en tales condiciones. Pudieron enviar a sus hijos a la escuela, a los Institutos de Enseñanza Media y de Formación Profesional e incluso a la Universidad.
Sin embargo, estamos viviendo un momento crucial, un momento en el que se puede producir, y de hecho se está produciendo, un punto de inflexión, un momento en el que se puede invertir la tendencia. No es descabellado afirmar que, con carácter general y en un significativo porcentaje, la generación de españoles que ha recibido su formación en el marco de la LOGSE sabe menos que sus padres. Y, lo que es peor, el gobierno está promoviendo iniciativas legislativas para que la situación empeore más todavía.
La afirmación puede parecer catastrofista, pero esto puede significar el comienzo del fin de una nación. Nuestra decadencia inexorable. La pérdida o jubilación de las últimas generaciones de españoles verdaderamente ilustrados nos dejará en manos de una horda de hombres y mujeres intelectualmente insolventes, carentes de formación humanística y con unos conocimientos técnicos, en el mejor de los casos, tan estrictamente especializados que no servirán más que para el desempeño de una muy limitada actividad. Podría perderse, incluso, el nexo, la correa de transmisión. Aunque se superaran las barreras legislativas y asumiéramos que una o dos generaciones han perdido el tren de la ilustración, ¿quién iba a transmitir el saber a las venideras? Podría perderse incluso ese necesario puente.
La catástrofe que se nos avecina con la presumible aprobación y entrada en vigor de la LOE no tendrá parangón en nuestra historia. El asunto tiene mucha más trascendencia de la que aparenta. No nos jugamos sólo la formación religiosa. En el peor de los casos, siempre quedarían los padres para asumir ese papel. Nos jugamos la “capacidad para pensar por sí mismos” de las futuras generaciones de españoles. Alguien está escamoteándoles el acceso al conocimiento. No es fácil saber si las intenciones son siniestras o simplemente demagógicas. Pero si no hacemos algo por evitarlo, dentro de unos años, cuando no tengamos capacidad para valernos por nosotros mismos, habremos dejado el sostenimiento y gobierno de nuestra nación española, o lo que quede de ella, en manos de una horda de iletrados que habrán olvidado incluso la ortografía de esa palabra: España.
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