“No hacían nunca la paz de buena fe, y en su deseo de invadirlo todo, sus tratados no eran, en realidad, más que una suspensión de hostilidades, y ponían en ellos condiciones que comenzaban siempre por arruinar al Estado que las aceptaba.”

Montesquieu: Consideraciones sobre las causas de la grandeza

De los romanos y su decadencia

Discutía animadamente el otro día con una pizpireta legista a propósito de la pertinencia de las llamadas leyes de Normalización Lingüística; persistía yo en la defensa del principio constitucional que asegura a los españoles el derecho a hablar español en España, quiere esto decir en todo tiempo y en todo lugar. Discutía ella que las comunidades históricas poseían sus lenguas propias y el derecho a imponerlas a sus funcionarios. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle qué parte de la expresión: “todos los españoles tienen la obligación de conocerlo y el derecho a hablarlo” no entendía, o si tal vez por ventura los funcionarios no eran españoles. Su respuesta fue simple, levantarse e irse.

Me pareció una buena muestra de la fineza, de la sorprendente efectividad de ese paradigma general que identifica progresismo, lengua y nacionalismo como valores esenciales de nuestra sociedad. Lo que cualquiera con algún sentido común calificaría de dominadora imposición, ha calado en amplios sectores sociales, no especialmente ignorantes, como la quinta esencia de la modernidad. Pues bien, ya lo sabemos, los apóstoles de la alienación no se van a parar ahí, una vez que han comprobado que ningún partido político está dispuesto a plantear la batalla lingüística por miedo al qué dirán, lo quieren todo.

La última muestra resulta especialmente significativa, en Galicia un bizarro inspector ha amenazado con abrir expediente al departamento de español de un instituto por atreverse a realizar su programación anual en el idioma oficial del Estado. Según no sé que evanescente decreto, circular o addenda, incluso la programación de español ha de ir en gallego. Será legal, seguro que mi avispada letrada podría demostrarlo, pero es manifiestamente estúpido, y es precisamente la ridiculez de la medida la que señala dónde quieren estos tipos situar el listón, en qué especie de siniestro cautiverio nos quieren mantener, en tanto nos hablan de aliar civilizaciones y de tolerancia infinita.

Es así que los departamentos de español podrán expresarse en esa lengua en Cuzco, Mindanao o Quezon City, pero no en Ferrol (Galicia). Es suficiente, en mi opinión, y parafraseando al sin par Boadella, los nacionalistas, todos los nacionalistas, deberían irse concretamente a la mierda con sus litúrgicas y estúpidas monsergas totalitarias.