El anisakis es un gusano de poco más de un centímetro de envergadura que vive como parásito en el intestino de los animales marinos, o de los “frutos del mar”, como los llama un amigo mío, más interesado en las posibilidades gastronómicas de los peces que en sus complejidades específicas. El susodicho gusanito encuentra también acomodo en el intestino de los humanos, que en este caso no somos considerados “frutos de la tierra” para este amigo mío, afortunadamente, aunque no sé, a todo llegaremos. Al parecer el parásito tiene la dudosa virtud de generar serios problemas de salud en los humanos en cuyos intestinos se puede establecer como consecuencia del consumo de pescado crudo, como el sushi – como rayos se escriba – del Japón o por lo menos no cocinado, que aquí tenemos la costumbre de macerarlo, como los boquerones en vinagre de toda la vida.

El Gobierno, que ejerce de padre putativo de la ciudadanía, ha decidido protegernos del gusano traidor y parásito a través de una ley – ¡qué original! – que obliga a los restaurantes o bien a congelar el pescado por lo menos a 20 grados bajo cero o a servirlo convenientemente cocinado. El horror se ha instalado en los restaurantes de alto copete y elevado precio porque dicen que si congelan el pescado a ver con qué cara le cobran a la atribulada, selecta y pudiente clientela los desorbitados precios que les sacan a sus pescados en condición de frescos y en muchos casos crudos, presentados en plato y como la madre naturaleza los trajo al mundo. Por su parte la adinerada clientela que se deja robar en los restaurantes de alta cocina, esa de los “aires”, las miserias en platos cuadrados y el pescado crudo, también se ha rebotado contra la medida gubernamental, argumentando que a ver quién es el Gobierno para decirles lo que deben comer y con qué gusano han de relacionarse, que si prefieren en anisakis a la tenia, que el sr. ZP no es quien para andar fastidiando con gaitas de parásitos marinos y mandangas de similar naturaleza, que luego en la cuenta no viene descuento por congelación. Pero no crean que la reacción sólo vive en las clases pudientes sino que se encuentra también a gusto entre las clases populares, que no es que se inflen – nos inflemos – a huevos de esturión o a pez globo crudo, como la aristocracia burguesa, sino que ven agredido su derecho a ingerir anisakis en formas más modestas de pescados crudos, como es el caso de los ahumados, los marinados y los boquerones en vinagre.

Al mercado no le importa un pimiento la salud de la ciudadanía sino el margen de beneficios, pese a la opinión de algún erudito, y por lo tanto se la finfla el poder parasitario de los anisakis, tenias y otros gusanitos de variada calaña, lo que le fastidia de la intromisión gubernativa en las leyes del mercado (el mercado es como un parásito social que se nutre de la sangre de la ciudadanía para vivir, como el anisakis, y por eso puede que se sienta solidario con él) es la reducción de su margen de beneficios, sobretodo en lo que afecta a los poderosos, pudientes y ricachones, que son la base sobre la que se construyen sus pilares basales. En fin, lo de siempre.