El recién reelecto presidente venezolano, pareciera que en vez de haber nacido en Sabaneta, un pueblo del estado Barinas, fuera oriundo de la gran Grecia, que si bien es cuna de la democracia lo es también de sus inclementes enemigos: la demagogia y la tiranía. Ese poder de seducción con sus políticas demagógicas le permitió afianzar su arraigo popular, una manera de asegurarse y acumular todo el poder. La miseria que durante sus 8 años de gestión se ha incrementado considerablemente, tanta ignorancia y el no haber atendido su incontinencia, le hizo el terreno propicio para arraigar su semilla.
Platón ya en la antigüedad describió los procesos degenerativos de la democracia griega con una exactitud que se antoja profética para juzgar lo que ha pasado en Venezuela. Según este filósofo, la demagogia atrae a los ciudadanos porque se afinca en la adulación. Y así, el demagogo, investido de facultades y con un pequeño ejército en sus manos, se convertía en tirano. La situación terminaba peor, pues a la pobreza se añadía la represión política, los gastos majestuosos con dinero que no tenía y el afán de la guerra. Recordemos que la Guerra del Peloponeso arruinó a la Hélade y cobró muchas vidas.
Y aquí, el régimen que hasta en guerras piensa, ayer mismo acaban de llegar los aviones cazabombarderos Sukhoi-30, cuando las ruinas comienzan a explotar sus cifras, con ese poder de seducción, ha logrado generar el enloquecimiento de quienes lo siguen ciegamente, y también de sus opositores, que al irse por las ramas y no a la raíz, se debaten de derrota en derrota.
Cuando el problema radica en seguirle la corriente a Chávez y "combatirlo" en el terreno que él ya tiene preparado, es decir, en caer en sus trampas. Por eso es que yo me he dedicado a documentar la causa de los crímenes o presos por razones políticas porque allí es donde están las pruebas de que estamos desamparados en una dictadura militarista y comunista.
Porque Chávez seduce al estilo victimario convertido en víctima y asusta a quienes lo siguen con un cacareo que lleva 8 años con el asunto del magnicidio ficticio, de que su vida corre peligro. Y como buen demagogo les dice que por ello requiere de más poder, escoltas personales fuertemente armadas y reservas a su merced. Impedir pues, el regreso de los “oligarcas”. El “imperialismo” quiere matarlo, los oligarcas quieren matarlo, la oposición, la disidencia, quieren matarlo.
Pero resulta que fue él quien tomó por sorpresa al ex presidente Carlos Andrés Pérez, el 4 de febrero de 1992 cuando asaltó la democracia. El sí quiso ser magnicida como lo he escrito tantas veces y probablemente, es la única fantasía que es más difícil de cumplir, de las que le faltan. Porque hasta logró la de ser presidente y ahora es reelecto.
¿Qué pasa?, que le hace creer a sus “pobres” que si lo matan, los ricos les van a arrebatar las promesas ficticias a través del discursito del pan y hambre para mañana a que los tiene amansados, y es así como logra el odio de sus seguidores a los “escuálidos”, como así, entre otros calificativos, llama a sus adversarios. Enfrentar a unos con otros.
A mi me encanta cuando los seguidores de Chávez me insultan con que si "pagada por la CIA", "oligarca", "desestabilizadora", o hasta... ¡"cochina"!, cuando escribo cosas como que el 11 de abril 2002 no fue ningún golpe de estado, sino una masacre desobedecida (o un auto-golpe desobedecido), porque esos insultos me hacen ver que les duele, que la Verdad les revienta.
Y cosas como esas son las que tenemos que reivindicar, porque ya sabemos que Chávez se mantiene en el poder a punta no de bayonetas, sino de tergiversaciones, descalificaciones, el sometimiento al escarnio de personas que se le han puesto por delante con su gran dignidad y honor.
Hugo Chávez seduce a lo Maquiavelo: “lo importante no es ser virtuoso, sino parecerlo, lo importante no es ser pobre, sino parecerlo”. Para ello se vale de esta explotación del odio de las clases bajas hacia las medias y altas y el cultivo de un estilo vulgar para poder atacar desde esa plataforma a los “oligarcas”.
De ahí su astucia en lucir “brillante” y el “cuido de su imagen con esmero” (entre comillas), haciéndose pasar o sacando su origen de pobre, porque los pobres no entienden de la millonada en ropa que carga encima, si con el reloj que ostenta su muñeca, podrían comprarse algunas casas para los damnificados que hoy duermen a las puertas del instituto gubernamental de vivienda, mucho menos de los gastos vergonzosos de sus viajes, transmisiones del Alo Presidente, su programa radial desde Cuba, sus trueques, etc., etc., evitando cautelosamente cualquier gesto que lo identifique con los ricos. Por ello es temático cuando dice que no toma whisky.
El pensador alemán Ernst Jünger, buen conocedor del proceso histórico que abarca desde finales de la Primera Guerra Mundial, hasta el nacimiento del mundo globalizado en su obra “El Trabajador”, expresó que “En última instancia, el demagogo de todos los tiempos no es un hombre de Estado, sino un publicista. El arte de gobernar va consistiendo cada vez más en producir en todas esas cosas la ilusión de la libertad; por ello es la propaganda, junto a la policía, el medio principal que se utiliza. Un buen demagogo se ufana de ser democrático”.
De ahí que en su fase demagógica, estos reyezuelos apuestan todo a la imagen, después, cuando su postura está afianzada, recurren a la violencia. Entonces, es demasiado tarde para reaccionar. Como en Venezuela, sin justicia social, los poderes secuestrados, crímenes y presos por razones políticas, violación a los derechos humanos, perseguidos, como nunca antes. Y en base a su afán de licantropía política, se llevó al país con militares y todo.
El tirano-demagogo no piensa en la justicia social, seduce al estilo de planes a corto plazo, con seudo-resultados inmediatos, para conservar el poder pues sabe que los pobres piensan en corto. No ejecuta los tratamientos pertinentes, sino los efectistas, como el charlatán que no sabe cauterizar las heridas, sólo administra analgésicos al enfermo y no lo cura nunca. Por cierto, Platón hacia mención que despreciaba a los demagogos y a los charlatanes de la medicina: “son tipos despreciables que, por ganarse el favor de sus clientes, terminan matándolos”. Lo que decía, el pan de hoy y hambre para mañana. Por eso necesita de ciudadanos pobres.
Por otro lado, la vacuna contra la demagogia es la clase media. Ella piensa en cortos plazos, pero también es capaz de pensar en términos más largos. Y como los clase media no son pobres, no exigen dádivas, sino condiciones justas, por eso al tirano se le dificulta seducirlos aunque muchas veces a una gran porción los confunde. Caso de los tales Ni-Ni por ejemplo. Mientras que un político íntegro gobierna con justicia, aunque en ocasiones sus acciones no sean populares, o sea mala la gestión, pero en todo caso, lo hacen en democracia, y ya de eso en el pasado tuvimos experiencia.
También seduce al estilo de la perversidad de su régimen al pretender su legitimación a través del voto, valiéndose para ello del ventajismo político. ¿Quién puede competir contra ese poder? Es lo que viene a ser el harakiri de la democracia.
No olvidemos que Hitler llegó al poder democráticamente y que también, amparado en los votos, se convirtió en dictador. Tampoco es menos cierto decir que las grandes tiranías de la historia no han sido destronadas por los votos. De ordinario, lo que sucede es que el dictador-demagogo precipita su caída, arrastrando tras de sí al pueblo que supuestamente protegía. Hitler no perdió las elecciones, perdió la guerra...
Precisamente, la seducción tiene su fin. Ese fin llegará, ese día que no será convocado por nadie, sino que será convocado por las promesas incumplidas, por la asfixia del pueblo, hasta la de su misma gente que se verá burlada. Y eso será incontenible.
Martha Colmenares
Martha sin mordaza. Blog por los presos políticos
http://martha.sinmordaza.net/
marthaccolmenares@yahoo.com


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