Libre Albedrío Heroínas Españolas
Hace dos siglos, España, toda España, nuestra amada España, la que, según algunos ágrafos politólogos de nuevo cuño, es una entelequia, un artificial estado plurinacional, o algo así, le vio las orejas al lobo. Tras la firma del engañoso y fraudulento Tratado de Fontainebleau, que autorizaba a las tropas de Napoleón a atravesar España camino de Portugal, y retenida en Francia la Familia Real española, las alarmas populares saltaron en España. La soberanía nacional estaba en serio peligro. Los españoles “deseaban” a su legítimo Rey, no querían a Pepe Botella, que era muy talantoso, según dicen, aunque ilustrado, eso sí, a cada cual lo suyo. Pero no era el legítimo rey de España. La inmensa mayoría de los españoles de la época calzaban alpargatas y se tocaban con un pañuelo, comían mendrugos y trabajaban de sol a sol. Sólo unos pocos tenían acceso a la ilustración, pero, aunque analfabetos, no eran ignorantes; distinguían perfectamente los conceptos de legitimidad dinástica y soberanía nacional.
Y rápidamente tomaron una decisión. A las armas. Ante la evidente superioridad del aparato militar del ejército invasor, inventaron una táctica militar innovadora que no llegaron a patentar, inconscientes de la gran difusión que luego tendría: la guerra de guerrillas, “petite guerre” para el enemigo francés. Los guerrilleros, algunos tan afamados como El Empecinado, Espoz y Mina, El Cura Merino, Julián Sánchez, Manso y Solá, Milans del Bosch, Clarós… aportaron una contribución a la victoria tan imprescindible como los militares de carrera, por citar algunos, los capitanes Daoíz y Velarde o los Generales Santocildes, O’Donell, Castaños y Palafox.
Pero vamos a recordar a una mujer que, en principio, no era guerrillera ni militar. Era una simple ciudadana española. Me refiero, por supuesto, a Agustina de Aragón. Ella estaba en Zaragoza cuando la ciudad fue sitiada por el General Lefebvre. Vio cómo los invasores ganaban posiciones y fue consciente de que aquella batalla era crítica para la soberanía nacional.
Los artilleros iban cayendo muertos o heridos. Agustina no lo dudó. Cuando no quedaba ninguno, se puso al servicio de un cañón y arengó a los combatientes que quedaban en pie: “Españoles, la patria está en peligro, ¿vais a entregar El Pilar?” (Algo así debió de ser, según cuentan.)
Contra todo pronóstico, el 31 de Agosto, el sitio de la ciudad fue levantado.
Agustina de Aragón fue una heroína española. Y era española porque se llamaba Agustina Raimunda María Saragossa Doménech, y porque nació en Barcelona. Sus padres se habían casado el 8 de agosto de 1772 y eran leridanos, del pueblo payés de Fullera. Se llamaban Pedro Juan Francisco Ramón Saragossa Labastida y Raimunda Doménech Gasull.
Ningún politólogo, político o politicastro de nuevo cuño les explicó a ellos o a su ilustrísima hija que no eran españoles, sino miembros de una nación invadida por españoles. Habría sido curioso ver la cara de alguno de estos esperpentos ante la seguramente más que airada reacción de la españolísima Agustina si se hubieran atrevido (que seguro que no) a poner en duda su condición de española.
Agustina de Aragón tiene una sucesora. España tiene una nueva heroína, de esa estirpe de españolas que no se avergüenzan de decir en voz alta que lo son. Que no tienen miedo de arriesgar su vida por sus convicciones, por su patria, por sus compatriotas. Y, como Agustina, se la puede identificar como española por su nombre. Sí, en primer lugar por su nombre. Se llama Gotzone Mora. En segundo lugar, por su naturaleza. Nació en Bilbao.
¿Se puede ser más española? |