Los Años del Mal Continuo La tragedia
de España (I)
Ahora que vuelve el guerracivilismo, es oportuno preguntarse a qué obedece esta secular tendencia española. Ojo, en términos puramente analíticos.
La identidad española tradicional surge con la Reconquista, y de mala manera (antes no había identidad unitaria en absoluto; incluso, como recuerda el historiador españolista García de Cortázar, la mayoría de los hispanos, hartos del explotador dominio godo, recibieron a los árabes con los brazos abiertos). Pero esa identidad gestada en la lucha contra los árabes nunca deviene unitarismo voluntario –a la manera jacobina, por ejemplo–, sino que, cuando llega la unidad, siempre es impuesta desde arriba y con las reticencias de amplios sectores de la periferia.
Además, en España nunca ocurrió un acontecimiento de RUPTURA con el pasado, aquí siempre prevaleció la Reacción (recordemos a los regeneracionistas del 98, los penúltimos que intentaron revertir esa tendencia que daría lugar a la II República, y que son el precedente inmediato del pobre Zapatero). Esto nos diferencia de las grandes naciones europeas (Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia), que sí conocieron acontecimientos rupturistas genuinos y perfectamente datables.
De ahí que nuestra izquierda, aunque nunca propiamente “antiespañola”, siempre ha sido algo recelosa de la identidad “españolista”, por verla impregnada de reaccionarismo y carente de un sentido progresista y laico. Eso explica también su apertura al nacionalismo periférico (ya en la I y II repúblicas) y la gran diferencia con la izquierda de Italia (donde la unidad era entendida como una conquista progresista, y estuvo siempre frenada por los Estados Pontificios). [En efecto, a diferencia de la española, la izquierda italiana es unitarista por una razón muy simple: allí la unidad, que no llega hasta el siglo XIX, se consigue a costa de la religión dominante (pasada la mitad de ese siglo, los Estados Pontificios aún tenían una cuarta parte del territorio italiano, y estaban protegidos por Napoleón III). Es decir, el concepto de identidad italiana es republicano-liberal y con ínfulas laicistas (el “héroe” Garibaldi era un masón miembro de los Carbonari, radicalmente anticlericales). En cambio, en España la unidad se basa en la identidad católica arraigada en la lucha contra el “moro”. Es algo tan simple como eso. Y por eso allí la izquierda es incluso más unitarista que la derecha, mientras que aquí ocurre al revés.]
Al no haber triunfado nunca de manera absoluta y duradera ningún movimiento contra la Reacción, se puede afirmar que en España siempre han mandado los mismos. Nada que ver, por ejemplo, con la Revolución Francesa que, a fines del XVIII, pone abrupto fin al Ancien Régime. Como nunca cuajó aquí, al nivel del poder, ninguna corriente alternativa, no hay otro referente identitario español con verdadero arraigo que el de la Reacción. Los demás (desde el regeneracionismo noventayochista, noble y profundo, hasta la mentalidad progre, subproducto necio y superficial de aquél) se quedaron a medias. Además, siempre han sido desdeñados por los españolistas de pro al no tratarse de corrientes autóctonas.
En términos hegelianos, podríamos decir que, a diferencia de otros países (que vivieron históricamente la tríada tesis-antítesis-síntesis) en España no hubo ni hay otra cosa que tesis. La antítesis jamás llegó a hacerse realmente con el poder (a diferencia de la Francia del Terror revolucionario), de manera que nunca hemos disfrutado de los calmos, largos y benéficos períodos que aporta la síntesis (por seguir con el ejemplo, como los que, tras una lenta asimilación de radicalismo y bonapartismo, llegaron en la Francia posrevolucionaria).
Ésa es la tragedia de España: en la etapa actual de consumación de la historia, a su presidente se le ocurre experimentar con reformas básicas del estado. Pero, a falta de referente identitario para las mismas, es general la sensación de que nos puede estar llevando hacia el abismo. Naturalmente, este vértigo lo acusan de manera muy especial los representantes de la Derechosa, que se identifican con el único referente identitario de la españolidad histórica. Y que se enfurecen, azuzando a los viejos poderes fácticos…
Conclusión para progres (y otras almas sensibles despistadas o perplejas): o emigrar, o ver cómo la Derechosa se come con patatas bravas, muy bravas, al pobre Zapatero.
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